FLOR DE PASCUA / Euphorbia pulcherrima

Esta planta, originaria de México y Guatemala, inunda cada Navidad casas y calles de nuestras ciudades con sus colores (sobre todo rojo, pero también, y cada vez más, de blanco, amarillo, anaranjado, rosa…).

Fue dada a conocer al resto del mundo durante la época colonial, en la cual ya se adornaban algunas iglesias con estas plantas durante las fiestas navideñas por tomar sus hojas un intenso color rojo en esa época. Esta costumbre, hoy más que nunca de moda, pasó a España cuando la planta fue introducida en Europa a lo largo del siglo XIX, de ahí su nombre común de Flor de Pascua, Pascuero o Planta de Navidad. Sin embargo, no fue hasta hace pocos años cuando se populariza y se convierte en un imprescindible de la decoración navideña cuando, bien entrado el siglo XX, su aparición en programas navideños televisivos, películas y series americanas la convierte en un símbolo más de la Navidad.

Los habitantes nativos de la zona la llamaban cuetlaxóchitl, que en náhuatl significa “flor de pétalos resistentes como el cuero”. Otra acepción, menos frecuente, se relaciona con el término cuitlatl, que significa excremento en náhuatl, dado que los pájaros al defecar las semillas ingeridas las extendían y la planta nacía de entre sus excrementos.

El género Euphorbia está dedicado a Euphorbus, médico del rey Iuba II de Mauritania y Numidia, que descubrió el uso de un “cactus” de las montañas del Atlas como laxante. Según Plinio el Viejo, Iuba II, un rey sabio y autor prolífico de obras sobre historia, botánica, zoología, geografía, gramática, pintura y teatro, denominó a esta planta en honor de su médico en un tratado sobre sus propiedades medicinales. Carlos Linneo, padre de la taxonomía moderna, asignó este mismo nombre a todo el género. Su específico pulcherrima significa “la más bella” al ser posiblemente la más espectacular a nivel visual del género euphorbia.

En Argentina se la conoce como “Estrella Federal” debido a que su color rojo recuerda al emblemático color rojo del Partido Federal y a que la disposición de sus pétalos puede recordar a una estrella. Recibe otros muchos nombres relacionados con su origen Mesoamericano, siendo también muy conocida por el nombre que se le da en Estados Unidos: Poinsettia, en honor a Joel Roberts Poinsett, el primer Ministro de los Estados Unidos sobre México.

En realidad sus llamativas “flores” no son tales, sino brácteas superiores que cambian de color en la época de floración (cuando la noche se alarga, pues necesita al menos 12 horas de oscuridad), simulando así grandes pétalos. Las verdaderas flores son los pequeños botones amarillos de su centro.

El Real Alcázar cuenta con dos grandes ejemplares. Uno junto al muro que separa el Jardín de la Cruz del Jardín Rústico. El otro, junto al muro que separa el Jardín de los Poetas del Paseo de Catalina de Ribera. Sin embargo en estas fechas podrás encontrarla decorando por doquier macetas y parterres en las diferentes salas y patios del Palacio.

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MIRTO / Myrtus communis

El mirto o arrayán es una planta ampliamente usada ya desde época clásica en el ámbito mediterráneo para elaborar setos. Por autores como Plinio o el poeta Ovidio, sabemos que para los antiguos romanos la planta estaba consagrada a la diosa del amor, Venus. Así, en los ritos nupciales, era frecuente que los esposos fueran coronados con mirto durante el banquete de bodas.

Ligada pues a ambientes lúdicos y de placer, el mirto fue una de las plantas favoritas entre los romanos para el ars topiaria, la creación de esculturas y formas geométricas mediante poda de elementos vegetales. Esta tradición romana de usar el mirto como seto a veces escultórico de sus jardines fue continuada por los árabes en al-Andalus. Su presencia es frecuente; en la poesía andalusí basta decir arrayán para representar el jardín entero. El Patio de los Arrayanes de la Alhambra es un ejemplo de lugar de disfrute asociado a este arbusto.

Los setos de muchos de los jardines del Alcázar durante los siglos XVI y XVII eran de mirto. Espectacular en este sentido era el caso del Jardín de la Galera, llamado así por los navíos de mirto que lo poblaban, y las esculturas de ninfas y sátiros compuestas del recortado de esta planta en el Jardín de la Danza, que explican el nombre por el que todavía hoy se conoce a este entorno. En la entrada al Jardín de las Damas, había además en época de la visita de Rodrigo Caro en 1634 dos gigantes tallados en mirto que representaban a Hércules y Anteo peleando. Estos ejemplos nos hablan de la recuperación del ars topiaria que tuvo lugar a partir del Renacimiento, una técnica que creaba un ambiente artificioso, ambiguo y sorprendente, muy del gusto manierista del momento.

Mirto o arrayán: ambas denominaciones, una de raíz griega y otra árabe, aluden a una de las cualidades más destacables de esta planta, su aroma.  El más leve movimiento de estos setos siempre verdes, también en invierno, perfuma los espacios donde habitan y permiten al visitante del jardín experimentar sensaciones más allá de la vista.

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DATURA / Brugmansia Suaveolens


En su variante arbórea, la brugmansia era ya conocida por los españoles durante el siglo XVII. Se la conoce también por el nombre genérico de datura, alusivo a un tipo de fármaco que se extrae de diversas plantas de este género. De la brugmansia se extraía de hecho un vino de datura que era usado por algunos indios de la región peruana de donde proviene la planta para provocar violentos estados de excitación.
Con el nombre de datura arbórea se le dedican a esta planta cuatro litografías en la obra del sacerdote y científico gaditano José Celestino Mutis (1732-1808), impulsor de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada que comenzó en 1783 y continuó hasta 1816, ya fallecido Mutis. Esta expedición se encargó de la investigación botánica y la elaboración de un herbario de dichos territorios que hoy comprenden los actuales norte de Perú y Brasil y gran parte de Panamá, Ecuador, Venezuela y sobre todo Colombia.
Mutis, que estudió en Cádiz y Sevilla, fue uno de los más notables naturalistas que ha dado el siglo XVIII español. Muestra de ello es la correspondencia privada que mantuvo con el maestro botánico de la época, Carlos Linneo o con Von Humboldt.

En estos días de final del otoño el desarrollo de la flor de brugmansia se encuentra en su máximo esplendor en el Real Alcázar de Sevilla. Los jardines albergan numerosos ejemplares de diversas tonalidades en diferentes localizaciones, lo cual hace del paseo un deleite para los sentidos de cualquier explorador.

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ALGARROBO / Ceratonia siliqua

El fruto de este árbol, la algarroba, ha sido utilizado desde antiguo en la alimentación del ganado en su lugar de origen, la cuenca mediterránea, dada la fertilidad de este árbol: un solo ejemplar puede producir hasta 600 kilos de algarrobas al año. Aunque hoy se asocia en nuestro entorno a épocas pasadas de hambre y penurias, es también un alimento muy nutritivo y cada vez más utilizado en la alimentación humana, hasta el punto de estar considerado un “superalimento” en la actualidad.

Su nombre genérico viene del griego keraton, “cuerno”, en alusión a la forma peculiar de su fruto. El vernáculo algarrobo procede del hispano árabe alharrúba y éste (a través del árabe clásico)  del persa harlup que significa literalmente “quijada de asno“.

Es un árbol de tamaño medio y de follaje perenne, dioico, de flores poco llamativas y sin pétalos. Rústico y longevo, es un árbol que tarda entre 6 y 10 años en comenzar a fructificar, y hasta 15 o 20 años en ser plenamente productivo, siendo además un árbol vecero.

La parte exterior del fruto, sin las semillas, tiene propiedades astringentes, mientras que las semillas son laxantes. En el norte de África ambas partes son empleadas tradicionalmente en la elaboración de jarabes y otras medicinas dadas sus cualidades antiinflamatorias, antirreumáticas, antimicrobianas, antioxidantes y laxantes; entre otras.

Las semillas de esta humilde fabácea, notablemente uniformes en tamaño y peso, se utilizaron en la Edad Media como unidad de peso para el comercio de las piedras preciosas y metales. La palabra quilate, que proviene del árabe querat, originalmente se refería al peso de una semilla de algarrobo. Al-Andalus fue una de las puertas a Europa del oro de Sudán, de ahí la difusión del mismo término por toda Europa.

El fruto de esta leguminosa, la algarroba, una vez madura puede consumirse en crudo o para obtener una harina que sirve como sucedáneo del cacao aunque mucho más dulce, con menos grasa y sin sustancias excitantes.

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CASTAÑO DE INDIAS / Aesculus hippocastanum

Termina octubre. Las noches ya son mucho más largas, el frío comienza a llegar y los bosques, parques y jardines se ponen su vestimenta de otoño. Las calles se llenan del aroma de las castañas al fuego y a humedad; y las hojas de mil y una especies que toman colores amarillos, rojizos o anaranjados, forman remolinos de color cuando sopla el viento. Hojas que crepitan cuando caminamos sobre ellas avisándonos de que llega el frío.

Según Dioscórides, los turcos suministraban los frutos del Castaño de Indias a sus caballos viejos con objeto de calmarles la tos y aliviarles el asma. De alguna manera, la etimología del nombre científico hace referencia a esta leyenda: hippos, “el caballo”, y castanea, derivado del griego “la castaña”. Literalmente por tanto, “castaña de caballo”. Esta leyenda llevó a una larga confusión. En el siglo XVI era frecuente encontrarlo clasificado como Castanea equina, como por ejemplo hizo el insigne médico, científico y horticultor Carolus Clusius, que visitó y realizó lo que se considera la primera herborización sistemática de la Península Ibérica (Rariorum aliquot stirpium per Hispanias observatarum historia), y tuvo una estrecha colaboración con el sevillano Simón de Tovar, cuyo jardín de aclimatación fue uno de los más importantes de Sevilla y Europa en esos años de revolución botánica por la llegada de especies procedentes de América.

¿Es un roble? ¿Es un castaño? ¡No!, es una Sapindacea…

Este árbol de gran porte procede de los Balcanes, Cáucaso y la región indoirania. Territorios por los que transitaron precisamente los turcos antes de instalarse en la península de Anatolia, la Turquía actual. Pertenece a la familia Sapindaceae. Suele conocerse también por ello como Falso castaño por la similitud de sus frutos con el de los Castanea sativa (familia Fagaceae), el Castaño que todos conocemos. Sin embargo sus frutos, la castaña de Indias, puede que sean comestibles para los caballos, no así para los humanos, para quienes la aesculina es tóxica. A su vez, el cierto parecido de su fruto envuelto en su cápsula explican el nombre genérico aesculus, nombre latino del roble. Así lo hizo notar Plinio el Viejo en su Historia natural (siglo I d. C.) con la afirmación de que es uno de los árboles que producen bellotas, a su parecer, “como las del roble”… el Aesculus hippocastanum es un árbol que ha estado siempre lleno de confusiones; de lo que su nombre científico deja constancia.

En la enciclopédica descripción del mundo, de sus pueblos y costumbres, de sus animales y plantas, que hace Plinio está basada en múltiples fuentes escritas y variopintos testimonios orales antes que en comprobaciones realizadas desde la propia experiencia (lo que conlleva no pocas confusiones). Este visión del planeta conocido que hace el erudito romano será creída y se mantendrá en gran parte incuestionada en Europa hasta prácticamente el descubrimiento del llamado Nuevo Mundo. En este episodio clave de la historia mundial de redefinición del planeta, Sevilla jugó un papel preponderante.

De floración exhuberante, sus flores blancas (hay variedades rosadas) forman panículas pirámidales en primavera, dotándo a este gran árbol de un gran atractivo en parques y jardines, además de ser uno de los primeros árboles que cambian de color sus hojas, casi anunciando la llegada del otoño. Es por ello un árbol de gran porte que ha contado con bastate difusión en paisajismo.

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PALO BORRACHO / Ceiba speciosa

Durante los primeros compases del otoño estamos asistiendo a la espectacular floración de los 7 magníficos ejemplares de palo borracho que habitan en los jardines de los Alcázares. Esta especie, originaria de América Central, pertenece a la misma familia que el baobab y la ceiba o yaxché, el árbol sagrado de los mayas, bajo cuya sombra se dice que los representantes de esta cultura se retiraban a meditar cuando se encontraban en conflicto interior.

No obstante, la ceiba para los mayas conectaba los diferentes niveles del Universo, desde el inframundo hasta el cielo; en el Chilam Balam, un libro de época ya colonial donde se recogen antiguas leyendas prehispánicas, se narra la historia de una ceiba mítica que funcionaba como eje o centro del mundo abarcando los tres planos del universo: las raíces son Xibalbá, el inframundo, el tronco y las ramas son Cab o nivel terrestre, y el ave Quetzal, posado en lo alto de su copa, el cielo. Así, en la producción artística maya, las representaciones del cuerpo humano aparecen asociadas a la ceiba, en un paralelismo que asimila la vida humana a la del propio árbol. En este sentido, desde una mentalidad que hoy diríamos ecológica, representaciones como la del sarcófago de Pakal del Templo de las Inscripciones de Palenque, donde de un hombre brota una planta, ponen de manifiesto ese símbolo de vínculo del ser humano con la naturaleza, donde ambos son lo mismo: el eje del mundo.

Veneradas pues por las civilizaciones prehispánicas o por el quetzal en su lugar de origen, las ceibas son también muy queridas por diversas aves e insectos autóctonos americanos. De hecho, su néctar es de gran atractivo para los colibríes y las mariposas monarcas, que actúan como principales polinizadores de estas especies.

Cabría pensar que el palo borracho llegaría a Sevilla durante sus primeros tiempos como puerta de América, durante el siglo XVI, pero no es así. En ese momento inicial, la introducción de plantas americanas en el Viejo Mundo a través del puerto de Indias por excelencia, Sevilla, se debió a la curiosidad e interés de soldados, marinos y colonos, y sobre todo a diversas órdenes religiosas, pero también al empeño de varios médicos y eruditos sevillanos. Los huertos privados de estos médicos-botánicos sirvieron de ejemplo para que los jardines del propio Alcázar sevillano se convirtieran, por intermediación de Felipe II, en uno de los primeros jardines de aclimatación de las nuevas plantas venidas de América como el ombú, visto en otra de las entradas de este blog. A esta primera oleada de plantas se le sumaron posteriormente otras llegadas, fundamentalmente, con motivo de la celebración de la Exposición Iberoamericana de 1929 y la Exposición Universal de 1992. El palo borracho llegaría a la ciudad y a los jardines del Alcázar precisamente dentro de esta última oleada, supliendo de manera casi accidental su falta en ese viaje transoceánico de las especies que había empezado a partir de 1492.

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VID / Vitis vinifera

Llegado octubre, poco a poco han ido terminando las diferentes vendimias que se llevan a cabo a lo largo y ancho del país. Quizás sea el momento ideal para traer aquí a esa planta tan humilde, y sin embargo fundamental para nuestra cultura, como es la vid.

El cultivo de la vid, realizado al parecer por primera vez en Asia Menor, se pierde en los albores de la historia. La vid es un atributo de Baco, dios del vino, y de sus seguidores, las Ménades. En las bacanales los participantes se ceñían la cabeza con una corona de hojas de parra. La planta y su fruto, mencionados a menudo en las Sagradas Escrituras, se consideran generalmente símbolo de Cristo y de su sacrificio. Dicha interpretación se basa en el conocido pasaje del Evangelio de San Juan en el que el mismo Jesús afirma: yo soy la verdadera vida.

Recomendaciones del agrónomo andalusí Ibn Luyun son rodear la heredad con viñas, y en los paseos que la atraviesen plantar parrales, que proporcionan además una agradable sombra. El jardín debe quedar ceñido por uno de estos paseos con objeto de separarlo del resto de la heredad. Por tanto, y contrariamente a lo que se pudiera pensar dadas las prescripciones islámicas, la vid fue cultivada por los musulmanes medievales de al-Andalus: el famoso carmen granadino, los patios y jardines privados que caracterizan al barrio del Albaicín, deriva de la palabra karm, literalmente “finca cultivada con vides”.

Primer productor de vino en el mundo hoy en día, España también llevó a tierras americanas el cultivo de la vid. Los vinos andaluces fueron los primeros el llegar a tierras del nuevo continente en los bocoys que llevó Cristóbal Colón en su primer viaje. Tras la catastrófica plaga de la filoxera, originaria de América, también llegaron de allí diferentes variedades de vitis que, usadas como portainjerto, ayudaron a salvar muchas viñas europeas.

La vid en su forma de parra aparece en las remodelaciones que tienen lugar en los jardines del Alcázar durante los reinados de Felipe II y Felipe III. Así, se plantan especímenes en los jardines de Troya y de la Alcobilla, además de en el Cuarto del Sol. Actualmente podemos encontrar varios ejemplares en el muro que separa el Jardín Rústico y el Jardín Inglés, así como en un emparrado en el Jardín del Marqués de la Vega-Inclán. Además una espléndida parra de vid americana (Vitis rupestris) adorna y esconde un acceso a la parte baja de la muralla, junto a la puerta de Marchena.

El cultivo de la vid representa toda una continuidad cultural en España que va al menos desde época romana, pasa por los árabes y la monarquía hispánica de los Austrias, y llega hasta la actualidad.

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