ROBLE / Quercus robur

El origen de la palabra quercus (que en latín designaba igualmente al atlántico roble y a la mediterránea encina) es incierto. Algunos autores creen que desciende del céltico, más concretamente de kaer, bonito, y quess, árbol. En culturas ancestrales de Europa como la celta, habitantes de los bosques europeos y mitad septentrional de la Península Ibérica, los robles representan la fuerza y la nobleza. Aún hoy son venerados y protegidos algunos robles famosos bajo los cuales se celebraban ceremonias y concejos. Son muchas las iglesias, plazas y campos de feria en todo el norte de España que se cobijan a la sombra de un carballo, carbayu, cajiga, haritza o caixigo. El famoso árbol de Gernika, representado en la actualidad por un descendiente del que murió en el siglo XIX, pertenece a esta especie.

Aunque el género Quercus engloba centenares de especies y está presente con otros representantes en toda la península Ibérica (Quercus pyrenaica, Quercus ilex, Quercus suber), en el tercio norte y prácticamente toda la Europa no boreal la especie forestal dominante es el Quercus robur (especialmente en las costas atlánticas).

Se trata de un árbol de gran longevidad que puede vivir hasta los 600 años. Su madera, también de larga duración, es muy apreciada en la fabricación de muebles y en las construcciones navales: así, el navegante y escritor asturiano afincado en Sevilla en el siglo XVI, Juan Escalante de Mendoza, recomendaba su uso, si pudiese ser de una sola pieza, para la construcción de mástiles de carabelas como las que usara Cristóbal Colón. La propia Nao Victoria, así como su réplica (con motivo de la Exposición Universal de Sevilla de 1992) se construyó en pino y roble.

También en el arte el roble es un actor fundamental. La pintura sobre madera, tan frecuente en retablos en toda Europa, lo utilizó con frecuencia como lienzo. Obras tan significativas como El Jardín de las Delicias de El Bosco, o el retablo de la capilla de los Evangelistas de la Catedral de Sevilla de Hernando de Esturmio lucen sobre finas tablas de roble.

En el Real Alcázar de Sevilla, más allá de su presencia viva en los jardines, durante las restauraciones del siglo XIX (aunque se emplearon cuartones de Flandes para techos, y caoba para las puertas) las constantes referencias a la procedencia de la madera, fundamentalmente de la zona de A Coruña (Padrón), lleva a pensar que las maderas habituales debían ser de pino, de roble o de castaño. Un caso más de uso de la madera de un árbol presente en los jardines en la propia arquitectura del Real Alcázar.

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